Feliz año viejo


Fue un año un tanto diferente, en aquella ciudad. Al día siguiente al treinta y uno de diciembre, todas sus gentes se encontraron, sorprendidas, preparando la cena de fin de año. A los pocos días, celebraban la Navidad, y casi sin darse cuenta, depositaban ramos de flores en las tumbas de sus seres queridos, en el día de todos los santos. A medida que transcurrían las semanas, se pasó del frío al calor, del verano a la primavera. Regalaban rosas y libros un día y al poco quitaban a palazos la nieve de sus aceras. Su equipo de fútbol pasó de campeón a serio aspirante. Sus esforzados gobernantes, de prometer lo imposible en las elecciones, a anunciar más esfuerzos y ajustes a sus ciudadanos. Lo mismo con los deseos de principios de año: de fumar como empedernidos a mascar Nicorette para dejarlo, de intentar desapuntarse del gimnasio a asistir a clases dirigidas un par de días a la semana, a regañadientes.
Todos continuaron con sus vidas. Pocos percibieron siquiera el cambio. El tiempo pasaba y al fin llegó el uno de enero. Y justo a las doce, el año acabó igual para continuar de nuevo.

El día de mañana


El Heraldo de Ciudad, 15 de Noviembre de 2012:
«Ayer amaneció y sin razón (ni emoción) aparente, algunos de nuestros ciudadanos dejaron de expresar cualquier tipo de sentimiento. En el mismo día que se produjo un accidente aéreo con centenares de víctimas mortales, además de un escalofriante asesinato (tal y como se informó en la sección de sucesos en el día de ayer), este diario ha podido constatar que un gran número de personas se quedaron indiferentes, sin derramar una sola lágrima ni expresar el menor signo de aflicción. Las autoridades muestran su preocupación ante … »
El Heraldo de Ciudad, 18 de Noviembre de 2012:
«Parece que este extraño suceso sigue su curso. Sin ir más lejos, ayer, durante la novena jornada del campeonato nacional, el Ciudad CF vapuleó a su eterno rival con un contundente ocho a cero y pocos manifestaron el habitual júbilo de antaño, ni siquiera los jugadores que lograron semejante hazaña. Tan sólo el claxon de unos pocos automóviles nos recordaba … ».
El Heraldo de Ciudad, 2 de Diciembre de 2012:
«… por la policía judicial en el Ayuntamiento. El alcalde y el concejal de urbanismo y obras públicas han sido imputados por tráfico de influencias, tras destaparse la trama… » «Sin embargo, la preocupación de las autoridades sigue estando centrada en la falta de emociones entre los conciudadanos (incluyendo aquí el presente), que en este caso se ha hecho manifiesta con una inexplicable total ausencia de indignación … ».
El Heraldo de Ciudad, 5 de Diciembre de 2012:
«Parece confirmarse la teoría de que una terrible epidemia se ha extendido por toda la ciudad y aparentemente alcanza a todos sus habitantes. “Únicamente quedan afectadas las emociones, sin perjuicio alguno de los procesos cognitivos superiores. Sin embargo, las estructuras subcorticales responsables de las emociones no parecen sufrir daño alguno ni tampoco los circuitos neuromotores encargados de dar forma a las mismas” aseguraba ayer el portavoz del equipo médico al frente de la investigación. “Se trata con toda probabilidad de un virus, desconocido hasta ahora y cuyas consecuencias no se pueden determinar, ni en intensidad ni en duración”, proseguía. Por otro lado, el Doctor Bienvenido Mirustez, ilustre psicoterapeuta, ha apuntado que “sin emociones, las pulsiones más básicas de las personas han desaparecido. No existen el miedo ni la ira, el orgullo, la envidia o la vanidad. Tampoco el amor. Ni, por consiguiente, el odio. Entramos en una nueva era de las relaciones humanas”. Según estas declaraciones, parece que se acerca un nuevo orden y … ».
El Nuevo Heraldo de Ciudad, 3 de Marzo de 2015:
«En el día de ayer fue ejecutado el último condenado por expresar abiertamente una emoción, en concreto, la tristeza, al estallar hace dos años y cuatro meses en llantos en la Plaza Mayor. Con éste, confirmaron a este diario las autoridades, se acaba al fin con los pocos ciudadanos que, al parecer, no habían sido bendecidos con el don de la no emoción. Parientes y amigos del reo asistieron impasibles a la ejecución, mientras … ».

10.000 libras por cada uno, o sea, 40.000


Instantes después de su degollamiento, la arrastro veloz hasta el lavabo, donde la coloco en la bañera, rebosante de hielo. Después de ajustarme mascarilla y guantes, procedo con el corte, justo en la zona abdominal. Me sirvo de un fino bisturí, que se hunde en la carne junto con el dedo índice, cubriéndose de sangre hasta la falange media. Repito la operación (lado izquierdo, lado derecho) en la zona lumbar.
La había llamado dos horas antes y acudió puntual al servicio, cabe señalar. Sweety, acertado nombre para el trabajo que realizaba. Era la víctima perfecta, encajaba con el perfil elaborado por Scotland Yard. Cada vez se me hacía más cansino lo de “en serie”, pero ya se sabe, la tradición familiar así lo dictaba.
En resumen, extraigo riñones (dos), hígado y corazón. Uno por uno, introduzco los órganos en bolsas de plástico esterilizadas y los acomodo entre los cubitos de hielo de las neveras portátiles (tres): los dos riñones en una, el hígado en otra y el corazón en la última.
Antes de que llegue UPS a recoger el material, me apresuro para deshacerme del cuerpo. Una vez introducido en una funda negra estanca, lo arrojo a un contenedor de basura orgánica, el civismo ante todo. Mientras espero, enciendo un cigarro y pienso en cómo demonios se ganaba la vida el tatarabuelo Jack.

Estado de Inopia


Era éste un país un tanto especial, en el que se vivía en un estado (parecido al) de sitio. El gobierno protegía a su pueblo imponiendo el toque de queda, no para evacuar las calles antes del anochecer, sino más bien para impedir que sus buenas gentes se despertaran por la mañana. Los diarios se quedaban sin leer y las radios emitían noticias que nadie escuchaba, para tranquilidad de los agradecidos ciudadanos y alivio de sus sufridos representantes. Y ese mérito no se le podía negar a este buen gobierno. Los electores no debían preocuparse acerca de los diversos actos vandálicos cometidos por los más temibles delincuentes. Tanto si asaltaban el erario público como si obligaban a las mujeres a procrear en contra de su voluntad, para nada se conseguía importunar a la población.
Y llegó un día que, con el fin de evitar de forma definitiva la alarma general, su presidente propuso reformar la carta magna, para así instaurar el inalienable derecho fundamental a la inopia.

Jornada a tiempo completo


10.15h
Un hombre con ojos rasgados, sin duda extranjero de allende los mares, intenta fotografiarnos con su iphone, con gestos furtivos, como luciría una persona privada parcial o totalmente de juicio. El vigilante, como de costumbre, dormita en la esquina. Finalmente, lo consigue, justo en el momento en que la enana cabezona guiña el ojo al objetivo y yo rezo para que la fotografía no tenga suficiente resolución.
11.20h
“Como podéis ver, el artista resolvió con gran destreza …” Odio las visitas escolares. “… gracias al gran dominio que tenía del color y a la facilidad que poseía para caracterizar a los personajes …” Son lo peor, mofándose de la infanta y de sus acompañantes.
13.45h
Una muchacha, ataviada con una boina calada de lado y con ropas poco menos que indecorosas, toma notas en una hoja apoyada en su carpeta, mientras nos mira arrugando su frente y estirando el brazo, haciendo ángulo recto con los dedos índice y pulgar de su mano derecha. Es en mí en quien fija su mirada. Contengo a duras penas un rubor creciente que se agolpa en mis mejillas.
16.00h
Siesta. Con los años he desarrollado una útil e inverosímil habilidad para dormir de pie, con los ojos abiertos, pincel y paleta en mano.
19.55h
Cinco minutos para el cierre. Al fin podré tomar asiento. Es de lo más agotadora, esta postura. Y por si fuera poco, sus majestades observándome continuamente (vigilándome, por más que Doña Margarita me tache de paranoico). Aunque lo más grave, al observar cada día el fruto de mi trabajo, es que con todas estas idas y venidas, me es del todo imposible conseguir un trazo firme y continuo. Por más que lo intento, y ya van unos cuantos siglos, me salen todos ellos movidos.

El crack del 2008


Cruzaré la isla, como todas las mañanas, a eso de las siete y media. Bajaré Park Avenue, giraré por la Cincuenta y nueve y la Sexta Avenida me llevará hacia el sur, hasta la Trinity Church, parada obligada para mi rezo diario de tres padrenuestros y cuatro avemarías. Después me dirigiré a la oficina, en la vigésimo séptima planta de uno de los rascacielos del distrito financiero. Mi rutina habitual.
Al principio me costó hacerme con los números. De hecho, no creo haber entendido aún en qué demonios consisten las hipotecas subprimes, aunque no parece ser muy importante, al fin y al cabo, ostento el cargo de director ejecutivo. Una vida plácida, en un lujoso apartamento de quinientos metros cuadrados en el Upper East Side. Ruego cada día para que borren de mi memoria todos mis anteriores e infectos destinos, como cuando me tocó tomar la identidad de Tomás de Torquemada, en tierras hispánicas.
Esta mañana, desde mi despacho, divisaré Staten Island a lo lejos, como de costumbre. Escucharé gritos histéricos por toda la oficina y todas las líneas de teléfono sonarán al unísono. Entonces sabré que mi destino llega a su fin. Espero que papá tenga a bien colocarme en otro chollo parecido. Mucho le he servido ya desde mi debut, hace más de 2.000 años, allá por el Mar Muerto.

Una triste impresión


Hace apenas unos cuatro o cinco meses era un no parar. A diario. Y no sólo una vez. Hubo noches memorables, donde caían hasta tres o cuatro. Y no un aquí te pillo aquí te mato, no. Aquello sí que era una buena cola de impresión.
Ahora no le hace mucho caso. Al menos, no como antes. Ni tan a menudo. No parece importarle su estado, ni se molesta en atender sus necesidades. Se insinúa constantemente, no para de mandarle continuos avisos de alerta. No sabe qué más puede hacer.
Cada día tiene una impresión más pobre sobre casi todo. Así como lila apagado, tirando a rosa grisáceo.

Semáforo nocturno


Solitario, inútil y abandonado. Así se sentía a partir de cierta hora de la madrugada, cuando ya nadie fijaba la vista en él. Se encontraba en los confines del barrio más apartado de la ciudad, en un cruce solitario, donde el paso cebra, la prioridad o el sentido común hubieran bastado para regular el tráfico y la circulación de peatones.
Al principio, dio luz verde a su lado más salvaje, saliendo de fiesta hasta altas horas con la señal triangular de la calle de al lado, intentando llenar la falta de sentido que tenía su vida con la noche y el exceso. Sin embargo, al día siguiente, la descoordinación era total y tanto podía permanecer diez minutos en ámbar como quedarse durante horas en rojo. Tras la sabia reprimenda de un agente de policía local, que le alertó con un cuidado, chico, que esa señal tiene mucho peligro, decidió abandonar las malas compañías. Durante un tiempo se entretuvo llamando a un conocido programa radiofónico de la noche para contar sus penas, pero era tan vergonzoso, que se ponía rojo hasta bien entrada la mañana del día siguiente.
Tanta era su tristeza y desazón que, un buen día, una buena noche, más bien, decidió apagarse para siempre.

Mudanza definitiva


Cric, cric, cric. Empezó una noche, ya de madrugada, cuando se levantó para ir a mear. Camino del lavabo, justo en el umbral de la puerta, lo escuchó claramente. Algo (en plural) recorriendo, por dentro, la pared de la habitación, arriba y abajo, izquierda, derecha.
Decidió llamar a una empresa exterminadora. Nada. Una segunda empresa. De nuevo, lo mismo. Una tercera. Menos aún. De hecho, iba en aumento, extendiéndose a otras estancias de la casa, incluyendo lavabo y cocina. Cric, cric, cric.
Tocaba cambiar de apartamento, no quedaba otra. Se instaló y al tercer día, ahí estaba. Insistió, otro piso, ahora en un barrio diferente, lejos, bien lejos de la pesadilla. Esta vez, al segundo día. Probó de nuevo, ya más que desesperado, cambiando incluso de ciudad. A las pocas horas, cric, cric, cric.
Último traslado. Parece que ahora sí, el ruido ha desaparecido. Ahora lo que no acaba de entender es el continuo embotamiento de su cabeza y el color blanco, presente mire donde mire. Paredes, sábanas, colcha, pijama, zapatillas. Gente con bata blanca. Personas con los ojos en blanco, gritando palabras inconexas. Es igual, ya no más cric, cric. cric.

Alternativa


Por más que tomo café, me refresco la cara o me pongo ciego a metanfetaminas, no puedo evitarlo. Me duermo irremediablemente.
Me duermo en el consultorio del médico, mientras la gente discute sobre el orden de la cola. En el metro, cuando una viejecita intenta entablar conversación. Con la cajera del súper, sólo con mirarla. Mientras mi mujer me relata los últimos logros del niño. En el ascensor, mientras un vecino habla del tiempo. También en el trabajo. Sobre todo en el trabajo.
Diagnóstico claro y rotundo, tras caer redondo por primera vez, mientras un taxista me facilitaba una xenófoba y según él eficaz receta contra la crisis. Un raro trastorno del sueño, que me incapacita para aguantar tonterías, las justas.

El triángulo del fuego. Y algo más.


Oxígeno
Todo el que puede contener un piso de setenta metros cuadrados, de dos metros y medio de altura, o sea, ciento setenta y cinco metros cúbicos. A esto hay que restarle, tirando alto, un diez por ciento de volumen ocupado por muebles, puertas y trastos. Ciento cincuenta y siete coma cinco. Teniendo en cuenta que el aire contiene un veintiún por ciento de oxígeno, tenemos un total de treinta y tres metros cúbicos (despreciando los decimales aquí).
Calor
No mucho. Según la Agencia Estatal de Meteorología, unos doce grados de temperatura, en la ciudad que habito, en el día y la hora estimada en que se desencadenó, aunque, para estas fechas, por encima de la media, si no dejamos de lado que nos encontramos en pleno invierno.
Combustible
El televisor de cuarenta y seis pulgadas. Las cortinas. Los libros. La colección entera de posavasos (más de tres mil ejemplares). Los cedés. Los vinilos de la infancia y de la juventud. El portátil. La copia de seguridad del portátil con diez años de trabajo. El sofá. La cama. La mesa. Las sillas. Las fotos de toda una vida (la mía). Las fotos de todas unas vidas (hasta cuatro generaciones de la familia). Las joyas de la abuela. Las reliquias del abuelo. Los trajes. Las camisas. Las chaquetas. Toda la ropa. Las cartas de mi novia alemana de la adolescencia. Y hasta la puerta principal, que se dobló sobre sí misma. Una vida de mierda.
Algo más
De cincuenta a cien mil euros, pagando la prima anual más alta. Bendito triángulo.

Un encargado en apuros


Hace ya casi dos semanas que me encuentro aquí, sin poder salir, esclavo de sus erráticos actos y caprichosos comportamientos.
Durante los primeros días fueron sólo unos pocos. Yo, mientras me dedicaba a mis quehaceres cotidianos, como arrancar las malas hierbas y recolocar los crisantemos, los saludaba, no sin disimular mi sorpresa y terror, sobre todo al principio.
Sin embargo, a medida que transcurren los días, mi incomodidad va en aumento. Por cada uno que decide despertar, tengo por delante dos horas de arduo trabajo para tapar debidamente el agujero y dejar la tierra plana. Por desgracia, no parece que se den cuenta en absoluto de su grosera conducta, ya que, hasta el momento, ninguno de ellos ha mediado palabra para disculparse siquiera.
Lo peor, creo yo, es la cara de estúpidos que lucen, en su mayoría. El hecho de que algunos de ellos carezcan de algún miembro, ya sea superior o inferior, y que todos tengan la piel a tiras no mejora para nada la situación. Un día de éstos me lío a palazos y les devuelvo a su sitio, de donde nunca debieron salir.

Mi semana


Lunes
El fonendoscopio, sobre la mesa. Aún con su bata de médico. Salva vidas cada día en el hospital donde trabaja. O al menos, lo intenta.
Martes
Los lienzos se amontonan por toda la habitación. Un talentoso pintor, seguro que expone en las mejores galerías del país. Y del extranjero. Sí, también del extranjero.
Miércoles
Planos y más planos, esparcidos por todo el habitáculo. Un exitoso arquitecto, que diseña los rascacielos más audaces. En Nueva York. Bueno, donde sea.
Jueves
La guitarra en un rincón. Parece una gran estrella del rock. O del pop. Sí, mejor del pop. Seguro que las chicas están locas por él. Eso dicen.
Viernes
Con mi traje gris, como cada día, después de salir de una aburrida oficina, de un absurdo trabajo sin sentido. El lunes, volveré a ser otro.

Tres años, cinco meses, cuatro días


La escucho absorto, a lo lejos, como si estuviera a diez metros de distancia. O veinte. De hecho, a veces, sus palabras se van alejando, poco a poco, hasta que su voz se diluye en mis propios sueños. Entonces encuentro la paz.
Cada día me cuesta más prestar atención a lo que cuenta. Se dedica a relatar, minuciosamente, qué ha comprado, dónde o si ha quedado con alguna de sus amigas. Que si el tete ha decidido que estudiará ingeniería. Que me echa de menos. Que todos están impacientes por mi regreso.
Papá no viene tanto, o al menos, si lo hace, no habla demasiado. O casi nada. Ella, mi madre, nunca falla a su cita. Cada día. Eso me parece a mí. En mi cabeza, se dibuja su expresión de horror justo en el momento que se cruzó el camión.
Ha pasado el tiempo suficiente como para plantearse una solución digna, insisten los médicos. Ella siempre fue una persona llena de esperanza. Y de culpabilidad. Yo, espero que al fin les haga caso.

El del entresuelo segunda

El contenedor de orgánica sería el más adecuado. Pero no, ni tampoco en los de al lado. Igual que el azul, demasiado accesibles. Por el verde no caben, el agujero es demasiado pequeño.
El hedor era, más o menos, siempre el mismo. Se encaramaba desde el entresuelo, por el patio de luces, hasta mi balcón, en el segundo piso. Para subir las escaleras, cogía aire e iniciaba un ascenso veloz por los escalones, de dos en dos, hasta mi puerta, dejando atrás ese aire repugnante justo al cerrarla.
No era el único problema. Me lo encontraba a menudo en la calle, justo a la salida del edificio. Era imposible escapar.
-Què, nen, ja veig que t’has comprat un congelador molt gran! Ostis nen, com va costar que el pugessin per l’escala. Quin congelador, tu. T’has comprat un de gran, eh? Ja els hi deia jo, als del Miró que els hi costaria de pujar per l’escala…
Siempre parecía a punto de ahogarse con sus propias palabras. Yo, era incapaz de aguantar la respiración el tiempo suficiente. Con sólo pensar en él, un cúmulo de vómito y de odio se amontonaban en mi garganta.
-Jo, nen, n’he vist molts de congeladors, sí. Uix, si jo t’expliqués. Jo, és que he treballat molt. Jo, quan treballava a l’escorxador…
El olor poco a poco va desapareciendo. Ya hace tres días.
Malditas bolsas, se me están quedando las manos azules del frío. El amarillo. El hueco es suficientemente grande, pero no se puede rebuscar dentro del contenedor. Lo encontrarán antes de que se descongele, ya en la planta de reciclaje. Definitivamente, el amarillo.

Las piernas


-No, te he dicho que aún no. No vamos a reconocer una mierda. No, escucha, escucha, sí, ya, pero… -No para de mirarme, con esa cara de tonto. Joder, menuda pinta de retrasado que tiene-. Mira, si hacemos ahora una rueda de prensa, estamos muertos. Muertos…
El puto subnormal sigue mirando. Me está poniendo nervioso. Con esos ojos, que miran al vacío, pero a la vez te observan.
-Que no, si reconocemos que los síntomas están asociados al medicamento, no tendremos nada que hacer… Espera, tengo otra llamada. Un segundo. Ah, hola, cariño, sí, sí, claro, cómo se me va a olvidar. Sí, el partido del niño. Sí, a las siete. Que no, esta vez iré. Sí, sí, llegaré a tiempo… Oye, estoy ocupado, tengo un asunto importante en la otra línea. Sí, venga, hasta luego… Perdona… ¿Hola? - Mierda, se ha cortado.
Bueno, al menos se ha girado. No aguanto esa cara de bobo. Otra vez. Esos ojos, abiertos, inexpresivos, mirando fijamente. Además, parece que le cae un hilillo de baba de la boca.
-Sí, ya… La cobertura, supongo, sí, sí, mucho diseño y luego… Bueno, tú exponlo en el Consejo… Defiende la postura -Joder, vaya frenazo. Menudo conductor de mierda-. ¡Ey!, perdona… ¿Qué dónde estoy? En un autobús… sí… No te rías, es en serio… Nada, que se me ha averiado el BMW…  Sí, ya… Pues me llamas cuando salgas… Vale, ciao, hasta luego.
-¿Siempre tienes que estar enganchado al móvil?
-Querida, no me jodas. Tú eres peor. Menudo día, ¿eh? Se te estropea de golpe el iPhone y el Mercedes. Seguro que están medio locos, en tu oficina, intentando localizarte. La próxima vez te paso a recoger yo. Llegamos tarde.
-Bueno, mi secretaria me dijo que la reserva de la habitación era hasta las doce. Y por cierto, él no te estaba mirando a ti. Estaba mirando mis piernas.