Noche de Navidad


Va a ser una noche de navidad espléndida. La familia, reencuentros y regalos. También turrón, los mazapanes que no falten. Siempre gustan unas fechas así. Soy un auténtico fan de las luces adornando las calles. La felicidad parece que empieza a asomar. Han sido unos tiempos duros, pero poco a poco todo va quedando atrás.
No lo soportaba. Estos días de reencuentro le parecían especialmente repulsivos. Le asqueaba todo lo que tenía que ver con estas fechas, especialmente los turrones. Y las jodidas luces en las calles. Eso, sobretodo. No podía entender tanta felicidad. La aborrecía.
Decía, estoy feliz. Básicamente feliz. Hace casi un año que él no aparece. Es desagradable. Además, no ha hecho más que traerme problemas. Estuvo a punto de destrozar mi matrimonio. De destrozar a mi mujer, literalmente. Los niños tardaron meses en volver a mirarme a la cara. No les culpo. Tampoco a ella. Es normal.
Los niños. Los odiaba. Casi tanto como a la puta de su mujer. Ni para follar le servía. Y no sólo eso. Desde hacía un año aproximadamente, estaban extrañamente agradables con él. Prefería los tiempos del Centro. Aquello sí que era vida. Dando todo el potencial que llevaba dentro. Creían que esas pastillas lo matarían. Ilusos.
Todo fue por aquel accidente con los cuchillos de cocina. Él escogió el del pan. El más afilado. Fue de noche. Me desperté y me fui a la cocina. Mi mujer me siguió. Sabía que nada bueno podía pasar. Él era capaz de todo. Un acto reflejo, giro, zas. Sólo alcanzó el brazo. Lo recuerdo de forma tenue, como en un sueño.
Su última oportunidad. Lo llevaba planeando desde hacía días, cuando vio el anuncio del kit de cuchillos en teletienda. La convenció para comprarlos. Son el complemento perfecto en cualquier cocina, argumentaba. No le hacía falta cortar una lata de refrescos. Con la carne bastaba. Primero, los niños. Luego, la zorra. Iba a ser algo limpio. Con el cuchillo del pan. Corte, corte y corte. Falló. Le sorprendió, esa mujer, con el sueño ligero, siempre había tenido unos buenos reflejos. Después de aquello, el internamiento.
Ya había pasado mucho desde aquello. Un año, o quizás un siglo. De vuelta a casa. Había costado, pero la confianza parecía que reinaba de nuevo en el hogar. Ella se dejaba tocar de nuevo. Los niños, bueno, los niños no sé. El miedo sigue presente, creo yo. Me gustaría cambiar eso. La medicación ayudaba, sí, seguro.
Esos pequeños bastardos. Tenían un sexto sentido. Le intuían. Podía ver en sus ojos infantiles la expresión de miedo cada vez que se dirigía a ellos. Eran los menos estúpidos de todos. Esperaba que eso no fuera un obstáculo. Ahora nada podía fallar, no, nadie se lo impediría.
He comprado la consola, ésa que pedían los niños. Llevan por lo menos medio año pidiéndola. Todos en su clase la tienen. Se van a poner muy contentos. Mi mujer no lo sabe, pero pedí el dinero prestado a mis padres. Bueno, de hecho, me lo han dado. Quieren ver a los niños felices. No les sobra el dinero, pero son buena gente.
Ésta era una buena ocasión. Una noche de reunión familiar. Los niños, la puta, la hermana de la puta, su estúpido marido, el bebé de la hermana de la puta y del estúpido de su marido, los padres de ella, también los padres de él. Todos juntos.
Tenía muchas ganas. El reencuentro después de un año tan duro. Una noche especial, de amor y fraternidad. Estarían, además de mis padres, los niños y mi mujer, su hermana, mi cuñado y su adorable recién nacido. Una bendición. Ah, y mis suegros. Sí, también muy buena gente. Con la medicación casi todo el mundo parecía buena persona. Benditas pastillas.
Casi le descubre. Tenía que esconderla en un lugar seguro. Nada podía fallar. No esta vez. El altillo, sí, ahí nadie mira. Sólo hay trastos. Cuando la dejó envuelta en un trapo viejo, él intentó evitarlo. Hubo un breve debate, consiguió dominarlo. No sé qué mierdas decía de la familia, el amor, el respeto a la vida. Todo chorradas. Diría que al final el incidente del altillo pasó inadvertido para ese capullo. 
Sí, contento. Sin embargo, hay algo que me preocupa. A pesar de la medicación, de unos meses a esta parte noto sensaciones extrañas. Hago cosas que luego no consigo recordar. Como en un sueño. Ayer, sin ir más lejos, tuve un deja vu al mirar al altillo. He dejado algo allí, algo importante. O no. Pero si sólo hay trastos. Me viene a la cabeza algo familiar, de niño, oliéndome las manos después de una tarde en la caseta del tiro al blanco de la feria. Bueno, no dejaré que esa tontería enturbie el día de hoy.
Bien, bien, bien. Los niños y la puta, esperando en el coche. Ansiando, como yo, la reunión familiar. Los niños, cantando villancicos. Eso era lo peor. Sólo le faltaba una cosa. Sí, dos minutos, cariño, es que me he dejado una sorpresa en el altillo. No, no la puedes ver por el momento, cariño. Dios, cómo odiaba a esa zorra.
Camino hacia casa de mis padres. Iba a ser una noche especial. La familia, los turrones, los regalos. Los niños cantaban villancicos. Parecían más relajados que de costumbre. Desde el accidente que estaban un poco tensos con mi presencia. Mi mujer pregunta con una gran sonrisa, dime qué es lo que escondías en el altillo. No conseguía recordar en absoluto nada al respecto. La memoria me fallaba un poco. Cosa de las pastillas, supongo. Pero había aprendido a lidiar este tipo de situaciones. Simplemente las dejaba pasar.
Las luces de los faros alumbrando el jardín. Habían llegado. Al fin. En la puerta, engalanada con estridentes y asquerosas luces de navidad, esperaban todos, de pie, con caras de felicidad, saludando. Y ella seguía con lo de la sorpresa. Cómo insistía, la muy imbécil. Sí, cariño, no seas impaciente, ahora la saco del maletero. Va a ser una noche de navidad espléndida.

Joajana


Magran. Sí, definitivamente, ése era su día preferido de la semana. Ni suque ni gauda, magran. No llegaba a comprender el porqué, pero de los ocho días de la semana, ése era el mejor. La comida sabía diferente, sí, así como con una textura más suave. Había menos ruido y, sobre todo, Yebel paraba menos por casa. Eso era lo mejor.
Adoraba a Quinea. Era dulce y tierna. Le hacía sentir bien. Su olor era inconfundible, una mezcla entre canela, cebolla y detergente. Venía todos los días y, a diferencia del resto,  estaba sólo unas horas por la mañana. Se dedicaba a cocinar, quitar el polvo a los muebles y ordenar la casa. Aunque pasara ese absurdo y horrible aparato por el suelo, la adoraba. Eso sí, un día de éstos, le pensaba decir cuatro palabras acerca de la conveniencia del uso del aspirador en su presencia.
Qué decir de Lodor. Al parecer, era el jefe supremo. Lo sabía porque el resto le hacía caso sin poner demasiadas objeciones. Se marchaba por la mañana temprano, el primero, antes de que los otros se levantaran, y llegaba tarde, cuando ya todos estaban cenando. Solemne, alto, con voz grave. Solía ir muy elegante, con su traje, su corbata y sus mocasines. Esos zapatos le encantaban. No eran unos cualquiera. A diferencia de los zapatos de los otros, éstos eran de una piel vacuna de calidad indiscutible. Su olor, excelente. Era lo que más le gustaba de él.
También estaba Sura, con la cual mantenía una turbulenta relación de amor-odio. Tan pronto le hacía sentir la reina de la casa como le gritaba, de forma incomprensible, porque recitaba unos versos de Neruda en su momento de inspiración, a las dos de la mañana. No lo entendía. ¿Acaso le reprochaba ella su mal gusto combinando blusas y complementos? De todas formas, por lo que aprendió con los años, era la encargada de ponerle de comer. Eso, sin duda alguna, le confería un aura de Diosa. Sí, con mayúsculas.
De vez en cuando, una vez cada treinta o cuarenta días, había calculado, de forma aproximada, Lodor y Sura hacían extraños ruidos en el cuarto donde dormían. Diría que se peleaban, o algo parecido. Chillaban, ambos. No entendía porqué se hacían daño el uno al otro. Su preocupación, sin embargo, iba más allá. Los odiaba, porque cerraban la puerta. No había peor cosa que una puerta cerrada.
Y luego estaba Yebel. Aún no entendía porqué ese estúpido niño, que no paraba de cogerla, achucharla y besuquearla todo el rato (sinceramente, le provocaba náuseas) insistía en llamarla misha o, peor, pretender que su nombre era Xara. ¡Que no, su madre le puso Joajana! Un día de éstos, cogía la puerta y se largaba escaleras abajo a pedir asilo político al vecino del cuarto tercera.

Urquinaona, línea uno


Hostafrancs. Quedan seis paradas. Desde Mercat Nou tengo algo en el estómago, algo así como una serpiente, como ésas que salen en los documentales de después de comer. Repta, repta. En Espanya querrá salir por la boca. Cambio de posición, el peso en la otra pierna. La mochila, mejor en el suelo. A estas horas es difícil acomodarse ni siquiera de pie.
Me enteré ayer. Llevaba casi una semana intentando no pensar, alargándolo, dejándolo de lado. Pero ayer sí. Lo hice sola, no tenía valor para contárselo a nadie, tampoco a mi mejor amiga. Mamá me dio diez euros, para comprar un libro de inglés, le dije. Siete con cuarenta y nueve euros, en la farmacia de Rambla Marina. Con los dos con cincuenta y uno arrasé en la tienda de chuches.
Nunca aciertan con la temperatura por estas fechas. No es suficiente frío para seguir con la calefacción. Aún poco calor para poner ya el aire acondicionado. En concreto, a las ocho y treinta y nueve de la mañana, con el vagón al límite de su capacidad, el calor se hace insoportable. O así lo noto yo. Puede que sean las hormonas. Eso estudié en Ciencias Naturales, se ve que afecta nuestro termostato.
Ahí iba yo, con mis regalices, mis espirales y mis ladrillos de gominola en la mano, en su bolsa de plástico. Lo otro no, lo llevaba guardado en la mochila. Me había preocupado por comprarlo en una farmacia que estuviera lejos de casa, por el barrio, pero que no conocieran a mi madre. En el mostrador, me habían mirado con ojos de asombro, seguro que aún me estarían juzgando, comentándolo con el resto de clientes. Mi madre no llegaría hasta las siete o así. Ya en casa, en el lavabo, finalmente salió el chorro. Engullí los ladrillos que me quedaban mientras esperaba sentada en el sofá. El sabor se mezclaba con las lágrimas que entraban en mi boca. Odio esperar.
Noto cómo quiere salir. Está en la garganta. Trago saliva. Rocafort. No me había dado cuenta, pero tenía los ojos cerrados. Al abrirlos, veo cómo una mujer me mira fijamente. Estoy a punto de decirle que se lea un libro o el 20 minutos o las chorradas que lean las mujeres mayores. No me imagino así con treinta años. Espero ser más discreta. Le dedico una de mis miradas asesinas. Ya está, baja la mirada. Vuelvo a cerrar los ojos.
No sé cómo se lo plantearé. No he podido dormir en toda la noche. Habíamos quedado que no sería nada serio. Un rollito. Bueno, él había quedado en eso. Creo que también está liado con la pelandrusca ésa de su clase. Seguro que ella le hace todas las guarradas que le pide. Qué asco. Con sólo pensarlo asoma por la boca. Lucho con mi lengua, venga, va, para abajo, vuelve a tu madriguera. Mucho mejor, no salgas de ahí. Catalunya.
Mi madre que si estoy un poco rara, que si llevo unas semanas ausente. Pienso en ella y vuelve a subir. Arrastrándose por el esófago. Más que unas semanas, este trimestre no sé qué te pasa, mi niña. Una chica como yo. Buena estudiante. Y ahora, sólo tres notables, ningún excelente. ¿Es por lo de ese chico mayor? No sé cómo se ha enterado. Supongo que las madres lo saben todo. Traga, traga, bien, otra vez para abajo.
Abro los ojos. Se oye el pitido de aviso cuando se cierran las puertas. Próxima parada, Arc de Triomf. Mierda. Me he pasado de parada. Bueno, ya daré la vuelta. O mejor, me bajo y camino un rato. A lo mejor quiere ser mi chico. Sólo mío, quiero decir. ¿Y qué hacemos con el tema? Sólo pensarlo, vuelve a retorcerse. Por más que lo intento, el estómago se le queda pequeño, y sube, sube.

Como Nicolas Cage


Todo el vodka en la nevera no cabía. Los cartones de Marlboro, esperando en la mesa. La casa, a oscuras, con las persianas bajadas. El móvil, desconectado, aunque no recibía una llamada desde hacia semanas. Era el ritual. Volvía al útero materno, donde nadie podía hacerle daño, donde estaba seguro, donde mamá le cuidaría. Allí no le faltaba de nada.
Lo había hecho tantas veces. Repetía la situación una y otra vez, día tras día. Como Nicholas Cage en Leaving Las Vegas, de alguna forma real y alocada. Sin embargo, no era un escritor fracasado, simplemente un personaje anónimo que deseaba huir de la realidad.
Una vez leyó en una revista en la consulta del médico que las adicciones suelen cubrir las necesidades ocultas que el adicto es incapaz de identificar. Cubrir, que no satisfacer. Algo así como que el alcohol funciona de llave maestra para tapar las necesidades relacionales, emocionales o intelectuales. Hacía tiempo que ya no sabía cuáles eran sus necesidades. Y no le importaba lo más mínimo.
Ahora era diferente. No sería en Las Vegas. Sería en un piso oscuro de una ciudad que en tiempos pasados no le parecía tan oscura como ahora. ¿Cuántas botellas tendría que beber? ¿Cuáles serían sus últimos pensamientos en estado de consciencia?
La verdad es que eso del alcohol siempre se le había dado bien. Había empezado en primero de Bachillerato, cuando se saltaba las clases con los amigos, para tomar unas cervezas. Luego, simplemente, Él le acompañó, en la universidad, en su época de soltero desenfrenado, incluso cuando empezó a tener parejas más o menos estables.
En las noches solitarias ante el televisor, en casa, nunca faltaba el whisky de buenas noches. Y solo. Porque solo le gustaba estar. No es que fuera un inadaptado social. Las relaciones personales no se le daban mal. Las mujeres le interesaban, a quién no. Tenía amigos, los justos, pero buenos. Necesitaba su propio espacio y parece ser que ese espacio necesitaba de una botella con algunos grados etílicos. 
Hasta que la conoció. Ella le cambió un poco todo. Le cambió todo mucho. Le descolocó y su universo se volvió del revés. Algunos le llaman a eso enamoramiento e incluso amor. Puede servir para este caso. Entonces dejó el alcohol. Para ser más precisos, espació su consumo. Ya no lo necesitaba, porque había encontrado un sustituto, con larga melena, voz suave y femenina. Aún así, diría que Él siempre estuvo allí, esperando una oportunidad para reaparecer en su vida, con más fuerza y capacidad de destrucción que nunca.
Apareció la oportunidad y Él no la desaprovechó. Fue una noche, volviendo en coche de casa de unos amigos. Una noche lluviosa. Una cena con demasiadas copas de vino. Él lo había preparado todo. Lo peor no fue que ella estuviera embarazada. Ni siquiera que fuera culpa suya. No. La curva estaba allí, el pedal del freno también. Había revivido tantas veces aquel momento. Lo peor era que él había sobrevivido.
El juez fue benévolo. Al parecer había atenuantes. No sé qué entienden por atenuantes, porque su sentimiento de culpabilidad se agravaba a medida que pasaba el tiempo. Estaba muerto como ella, pero en vida. Hacía ya tres años.
Inmediatamente después del accidente, Él irrumpió de nuevo de la forma más salvaje y grosera. Huía de su responsabilidad, con sentimientos de culpa que le llevaban directo al abismo, habría podido leer en la revista de la consulta del médico. Había decidido precipitar la caída. De una vez por todas.
Abrió la nevera, cogió un vaso, sin hielo. Él se iba a emplear a fondo.

Silencio, por favor


Se habían citado a las diez. El lugar lo había escogido ella. Aunque en un principio le había parecido impropio, podía servir. Por qué no. Era una transacción. Una simple transacción. Era un lugar discreto, se preguntaba, bueno, quizás no, pero al fin y al cabo, era un lugar. Oscuro, podía intuir, ya en el vestíbulo. No del tipo siniestro, no, más bien oscuro, digamos, a lo Casablanca. Como la película. No llevaba gabardina. Tampoco fumaba, hacía dos años que lo había dejado, le había costado lo suyo, pero con fuerza de voluntad y sin nicorette lo había conseguido. No estaba Sam, aunque no paraba de sonar una melodía, sacada, seguro, de Lawrence de Arabia. Olor a pachulí. Y gente esperando. Siempre colas, el mal endémico de esta sociedad.
Los techos de la entrada, exageradamente altos. Era una bóveda que parecía tallada en roca. Así como auténtica pero a la vez sacada de contexto, la verdad es que conseguía su objetivo. Uno se sumergía en otro mundo.
Con veinte años, ella parecía ser todo lo que necesitaba. Domingos por la tarde de enamorados. Cenas románticas. Sexo desenfrenado a todas horas. Risas. Eso sí que era amor. Lo era. ¿Lo era? Bueno, eso parecía. Sus labios, su pelo y su piel, también su voz, suave y tierna. Todo lo que necesitaba.
No sabría decir cuándo empezó a torcerse la cosa. Se querían. Ella, bueno, ella decía que sí, aunque claro, no estaba dentro de su cabeza como para poder asegurarlo al cien por cien. Él, sí, creía que sí. De hecho, en aquel momento, podía recordar que claro, cómo no, seguro. Sin embargo, el paso de los años podía haber distorsionado el recuerdo. Ya ni siquiera sabía quién era. Como para recordar acerca de sus sentimientos veinte años atrás.
Ah, parece que ya le tocaba. Instrucciones concisas. Sonrisas mesuradas y calculadas. Buenos modos. Pedían silencio. Silencio, por favor, y ante todo, relájese usted. Muchas gracias, lo intentaré. No era estúpido, unos baños árabes son para relajar cuerpo y mente, sí, sí, ante todo silencio. 
Y el olor a pachulí seguía ahí, haciéndose sitio entre los pelillos de sus fosas nasales. Esos pelillos que un día de éstos se tenía que volver a cortar. Desde que había cumplido cuarenta que aquello crecía de forma salvaje. De aquí a nada, ya verás, le decía su padre, que casi tocaba con los dedos los setenta, también te saldrán por las orejas. Qué asco.
Los críos. Puede que fuera ése el problema. Cuando ella se quedó embarazada dijeron, por qué no. Y aquello se repitió, si el primer por qué no fue niña, el segundo fue niño. Sería injusto echarles la culpa. Realmente fue una transición natural en su relación. Tocaba eso. La familia, el gran pilar de la sociedad.
El bañador se le había quedado pequeño. Se había encogido por lavarlo en esa maldita lavadora de soltero,  de piso diminuto de soltero, de barrio, sí, de soltero. Demasiados centrifugados. O demasiadas cenas con amigos. Ellos pensaban que le consolaban, con sus arengas, la vida sigue, es lo mejor para los dos y toda esa basura. Definitivamente, se había engordado unos quilos. La goma le apretaba las caderas. Casi seguro que por la noche seguía con el surco en la piel, por gordinflón.
No entendía por qué demonios había escogido ese sitio. Típico de ella. Después de tantos gritos y tenía que quedar en un lugar donde la única exigencia, además de llevar bañador y no dejarse la toalla abandonada, por favor, recuerde no dejársela, la necesita usted, era estar en silencio, procure no molestar al resto de usuarios.
Qué les había pasado. En qué punto dejaron de quererse. Si acaso se habían querido alguna vez. O es que realmente no habían dejado de quererse. La cabeza le daba vueltas. Pasados los cuarenta, la vida se ve de forma diferente. Con, digamos, vértigo. Sería por tener por casa a unos casi adolescentes explicando sus problemas, los mismos que hacía bien poco aún recordaba como propios. Aún así quería a su familia. Adoraba a sus hijos. Y a ella, bueno, a ella, no lo sabía. Demasiadas recriminaciones. Y sin embargo, cada noche aparecía, furtiva, clandestina, entrometida, en el hueco que dejaba la enorme cama doble vacía, incompleta.
Salida de los vestuarios. Se sentía ridículo con ese bañador, los michelines asomando. Menos mal que eso del culto al cuerpo no se había extendido tanto como los puñeteros anuncios de colonia quisieran. Eau de abdominal. A la mierda. Era uno más del montón. Un bulto amorfo más. El encuentro estaba cerca. La verdad es que tenían poco que hablar. Sólo era una firma. Se preguntaba si le habrían dejado llevar consigo los papeles y la pluma. Porque, para esas cosas, el bolígrafo no podía ser. Malditos abogados.
A medida que descendía al lugar de encuentro, subían unos sinuosos vapores. Claro, son aguas termales. A cada paso, escalón a escalón, más seguro estaba. Por qué no probarlo de nuevo, una vez más. Sí, se lo diría, sólo una vez más, por favor. Bueno, sin humillarse. Bien pensado, por qué querría ella quedar en un lugar así para certificar la separación. Puede que también pensara en intentarlo de nuevo. Sí, era eso, ella quería volver. O no. Silencio, por favor, le espetaba una empleada, los nervios le estaban jugando una mala pasada, sin darse cuenta estaba suplicando, a gritos, otra oportunidad. Vale, vale, silencio, por favor.    

El barrendero

¡Y que no vuelva a oír a mi hijo decir algo del amigo de su madre! Uniforme fosforescente, amarillo, tirando a verde. Escoba en mano. ¡No, no, no me vengas con ésas! Grita mucho, como si pretendiera que la persona al otro lado del móvil la escuchara, con o sin teléfono, en la distancia. Sus alaridos resuenan en la calle desierta. Su paso acelerado, siguiendo el ritmo que se intuye en la conversación. ¡No, que no te caliente la cabeza, no! De repente, un estruendo de bocinas de coche inundan la escena. Provienen de la calle de arriba. ¡Te la caliento lo que te la tenga que calentar! Su figura corpulenta avanza hacia mí, cada vez más grande, aumentando el volumen de su voz. 
¡Que te calles la boca! Llega a todos los rincones de mi cabeza. Justo en ese instante, pasa a mi lado. Tan cerca que una gota de saliva impacta en mi mejilla. Eso me parece. Habla con todo el cuerpo. ¡Que te calles te digo! Sí, tan cerca que llego a distinguir los capilares reventados, en sus mejillas.

Las ocho y cuarto de la mañana. Uno, dos, tres, diez pasos más y sus palabras se pierden. ¡No me jodas!, me parece intuir. Izquierda, derecha, paso, paso, ya está, su voz se pierde del todo.
En ese momento, me percato que ni siquiera me ha mirado. No ha reparado en mí. Yo, una mancha momentánea en su visión. Me giro, lo veo, ahora de espaldas, caminando con grandes zancadas. La escoba, arrastrándose por la acera.
La conversación sigue en mi cabeza. Un matrimonio roto. Otro más. Me imagino al chaval, jugando con la Play, sentado en el suelo del comedor, indiferente al nuevo novio de su madre, que entra por la puerta de casa. Dónde coño se ha metido tu madre, es casi la hora de cenar, estoy hambriento, le grita. El niño, sin responder, teme a aquél hombre tanto como a su padre.
La madre, a esa misma hora, coge el último tren que le lleva al hogar, en el extrarradio. Todo el día limpiando. Por la mañana, en una casa de la parte alta de la ciudad. Una familia bien, con dinero, todo el que ella nunca tendrá. Por la tarde-noche, en unas oficinas céntricas, todas de vidrio oscuro, elegantes. Los trajeados, como les llamaba ella, apenas la saludaban, al salir. Ella, iba con prisas, como siempre. Llegaba tarde para hacer la cena. Sólo esperaba que él se entretuviera un poco más en el bar, como de costumbre. Y que no se enfadara. Sobretodo, que no la tomara con el niño. En el tren, sus pensamientos se mezclaban con el cansancio, cada vez más presente. Al pasar un hombre mayor por el vagón, le vino a la cabeza la imagen de su padre. Ese auténtico hijo de puta. Aunque su hermana lo defendiera, al menos no abusó de nosotras, solía decir, a ella las palizas de ese borracho la habían marcado para siempre. Los hombres eran así, pensaba, no se podía hacer nada. Violentos por naturaleza.
Y el barrendero, después de una dura jornada de trabajo, metido en el bar, casi podía verlo como si lo tuviera delante. Seguía gritando. A su lado, asintiendo, lo que se suponía que era un amigo, mas bien un compañero de borracheras. El día menos pensado, me planto en casa de esa puta. Ya verás. Su cara, roja, su boca, escupiendo las palabras a duras penas.
Hace más de una semana de aquel encuentro con el barrendero. Me encuentro en el bar de siempre, con el café en la mano. Abro el diario, al azar, como siempre, en la sección de sucesos, J.C.M., de 38 años, ha acribillado a cuchilladas a su ex, la pasada madrugada. Un látigo frío me sacude la espalda. El día menos pensado