Como Nicolas Cage


Todo el vodka en la nevera no cabía. Los cartones de Marlboro, esperando en la mesa. La casa, a oscuras, con las persianas bajadas. El móvil, desconectado, aunque no recibía una llamada desde hacia semanas. Era el ritual. Volvía al útero materno, donde nadie podía hacerle daño, donde estaba seguro, donde mamá le cuidaría. Allí no le faltaba de nada.
Lo había hecho tantas veces. Repetía la situación una y otra vez, día tras día. Como Nicholas Cage en Leaving Las Vegas, de alguna forma real y alocada. Sin embargo, no era un escritor fracasado, simplemente un personaje anónimo que deseaba huir de la realidad.
Una vez leyó en una revista en la consulta del médico que las adicciones suelen cubrir las necesidades ocultas que el adicto es incapaz de identificar. Cubrir, que no satisfacer. Algo así como que el alcohol funciona de llave maestra para tapar las necesidades relacionales, emocionales o intelectuales. Hacía tiempo que ya no sabía cuáles eran sus necesidades. Y no le importaba lo más mínimo.
Ahora era diferente. No sería en Las Vegas. Sería en un piso oscuro de una ciudad que en tiempos pasados no le parecía tan oscura como ahora. ¿Cuántas botellas tendría que beber? ¿Cuáles serían sus últimos pensamientos en estado de consciencia?
La verdad es que eso del alcohol siempre se le había dado bien. Había empezado en primero de Bachillerato, cuando se saltaba las clases con los amigos, para tomar unas cervezas. Luego, simplemente, Él le acompañó, en la universidad, en su época de soltero desenfrenado, incluso cuando empezó a tener parejas más o menos estables.
En las noches solitarias ante el televisor, en casa, nunca faltaba el whisky de buenas noches. Y solo. Porque solo le gustaba estar. No es que fuera un inadaptado social. Las relaciones personales no se le daban mal. Las mujeres le interesaban, a quién no. Tenía amigos, los justos, pero buenos. Necesitaba su propio espacio y parece ser que ese espacio necesitaba de una botella con algunos grados etílicos. 
Hasta que la conoció. Ella le cambió un poco todo. Le cambió todo mucho. Le descolocó y su universo se volvió del revés. Algunos le llaman a eso enamoramiento e incluso amor. Puede servir para este caso. Entonces dejó el alcohol. Para ser más precisos, espació su consumo. Ya no lo necesitaba, porque había encontrado un sustituto, con larga melena, voz suave y femenina. Aún así, diría que Él siempre estuvo allí, esperando una oportunidad para reaparecer en su vida, con más fuerza y capacidad de destrucción que nunca.
Apareció la oportunidad y Él no la desaprovechó. Fue una noche, volviendo en coche de casa de unos amigos. Una noche lluviosa. Una cena con demasiadas copas de vino. Él lo había preparado todo. Lo peor no fue que ella estuviera embarazada. Ni siquiera que fuera culpa suya. No. La curva estaba allí, el pedal del freno también. Había revivido tantas veces aquel momento. Lo peor era que él había sobrevivido.
El juez fue benévolo. Al parecer había atenuantes. No sé qué entienden por atenuantes, porque su sentimiento de culpabilidad se agravaba a medida que pasaba el tiempo. Estaba muerto como ella, pero en vida. Hacía ya tres años.
Inmediatamente después del accidente, Él irrumpió de nuevo de la forma más salvaje y grosera. Huía de su responsabilidad, con sentimientos de culpa que le llevaban directo al abismo, habría podido leer en la revista de la consulta del médico. Había decidido precipitar la caída. De una vez por todas.
Abrió la nevera, cogió un vaso, sin hielo. Él se iba a emplear a fondo.

1 comentario:

  1. No hay mejor manera de reflejar como vivir la vida sin remordimientos...genial!!!
    Todos queremos vivier la vida sin resentimientos y vuelta atras...viva el sexo,las drogras y el rock-and-roll!!!!

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