Urquinaona, línea uno


Hostafrancs. Quedan seis paradas. Desde Mercat Nou tengo algo en el estómago, algo así como una serpiente, como ésas que salen en los documentales de después de comer. Repta, repta. En Espanya querrá salir por la boca. Cambio de posición, el peso en la otra pierna. La mochila, mejor en el suelo. A estas horas es difícil acomodarse ni siquiera de pie.
Me enteré ayer. Llevaba casi una semana intentando no pensar, alargándolo, dejándolo de lado. Pero ayer sí. Lo hice sola, no tenía valor para contárselo a nadie, tampoco a mi mejor amiga. Mamá me dio diez euros, para comprar un libro de inglés, le dije. Siete con cuarenta y nueve euros, en la farmacia de Rambla Marina. Con los dos con cincuenta y uno arrasé en la tienda de chuches.
Nunca aciertan con la temperatura por estas fechas. No es suficiente frío para seguir con la calefacción. Aún poco calor para poner ya el aire acondicionado. En concreto, a las ocho y treinta y nueve de la mañana, con el vagón al límite de su capacidad, el calor se hace insoportable. O así lo noto yo. Puede que sean las hormonas. Eso estudié en Ciencias Naturales, se ve que afecta nuestro termostato.
Ahí iba yo, con mis regalices, mis espirales y mis ladrillos de gominola en la mano, en su bolsa de plástico. Lo otro no, lo llevaba guardado en la mochila. Me había preocupado por comprarlo en una farmacia que estuviera lejos de casa, por el barrio, pero que no conocieran a mi madre. En el mostrador, me habían mirado con ojos de asombro, seguro que aún me estarían juzgando, comentándolo con el resto de clientes. Mi madre no llegaría hasta las siete o así. Ya en casa, en el lavabo, finalmente salió el chorro. Engullí los ladrillos que me quedaban mientras esperaba sentada en el sofá. El sabor se mezclaba con las lágrimas que entraban en mi boca. Odio esperar.
Noto cómo quiere salir. Está en la garganta. Trago saliva. Rocafort. No me había dado cuenta, pero tenía los ojos cerrados. Al abrirlos, veo cómo una mujer me mira fijamente. Estoy a punto de decirle que se lea un libro o el 20 minutos o las chorradas que lean las mujeres mayores. No me imagino así con treinta años. Espero ser más discreta. Le dedico una de mis miradas asesinas. Ya está, baja la mirada. Vuelvo a cerrar los ojos.
No sé cómo se lo plantearé. No he podido dormir en toda la noche. Habíamos quedado que no sería nada serio. Un rollito. Bueno, él había quedado en eso. Creo que también está liado con la pelandrusca ésa de su clase. Seguro que ella le hace todas las guarradas que le pide. Qué asco. Con sólo pensarlo asoma por la boca. Lucho con mi lengua, venga, va, para abajo, vuelve a tu madriguera. Mucho mejor, no salgas de ahí. Catalunya.
Mi madre que si estoy un poco rara, que si llevo unas semanas ausente. Pienso en ella y vuelve a subir. Arrastrándose por el esófago. Más que unas semanas, este trimestre no sé qué te pasa, mi niña. Una chica como yo. Buena estudiante. Y ahora, sólo tres notables, ningún excelente. ¿Es por lo de ese chico mayor? No sé cómo se ha enterado. Supongo que las madres lo saben todo. Traga, traga, bien, otra vez para abajo.
Abro los ojos. Se oye el pitido de aviso cuando se cierran las puertas. Próxima parada, Arc de Triomf. Mierda. Me he pasado de parada. Bueno, ya daré la vuelta. O mejor, me bajo y camino un rato. A lo mejor quiere ser mi chico. Sólo mío, quiero decir. ¿Y qué hacemos con el tema? Sólo pensarlo, vuelve a retorcerse. Por más que lo intento, el estómago se le queda pequeño, y sube, sube.

2 comentarios:

  1. Hay que seguir apostando... un jurado es sólo eso, una opinión que no tiene porqué ser la mejor. Es genial !

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