¿Un frapuccino, señor?


El frapuccino, ¿es con hielo, no? Sísí, es granizado, ¿lo quiere de café, con caramelo…? Sí, con caramelo. Tamaño pequeño, mediano, grande… No sé, ¿cómo son? Me muestra los tres tamaños. Pequeño, sí, pequeño. Le podemos poner nata por encima si lo desea. Siembra la  duda. Sí, perfecto, con nata por encima. Son cuatro con treinta. Lo acabo de ver, lo de la nata no es para nada gratuito. Espero al final de la cadena de montaje para recoger mi producto.
Su mensaje decía aquí, no puedo haberme equivocado. Bonito sitio para un segundo encuentro. De hecho es el primero a la luz del día y sobrios. Puede que sea un perfecto imbécil. Si no, no se entiende. En esta ciudad existe todo tipo de locales para tomar un café. Me quedo mirando un grupo de guiris sentados en unos cómodos sofás, al fondo. Diría que todos los clientes son turistas. Se deben sentir como en casa. La globalización en forma de café en vaso de plástico.
Las once y cuarenta y nueve. Como siempre, adelantándome en las citas. Bueno, la verdad es que el granizado éste no está mal. No, nada mal. Ahí estoy, sentado con la última novela en préstamo de la biblioteca del barrio. Tristes días, ahorrando en cultura y gastando en frapuccinos. Bukowski, menudo individuo. Un auténtico animal. “El último escritor maldito de la literatura contemporánea estadounidense”, apunta en la contraportada. Recomendado por un amigo, más bien un amigo de un amigo, que no es lo mismo, como en la ley conmutativa. No es de aplicación en este caso. Está claro que no, de ser mi amigo, no me habría recomendado esta lectura.
Lo había conocido en un bar de ambiente, en la calle Diputació. Se ve que era el favorito de Boris Izaguirre cuando vivía por aquí. Un día que me había dado por salir, salir solo, a la aventura. Cuando salía acompañado lo hacía con un grupo hetero en un entorno hetero. Es lo que me va. Pero esta vez sí, me sumergí hasta el fondo. Lo conocí en la barra, cuando pedía una cerveza. ¿Tú también estás solo? Ahora ya no, le respondí. En el lavabo nos tragamos un poco de m que me había quedado de la última fiesta. Aún puedo sentir la sensación amarga en el paladar.
La verdad es que acaba enganchando la historia. Autobiográfica, según me han dicho. Menudo borracho viejo verde. Después de diez páginas ya veo de qué va el libro. Y me gusta. Las doce y veinte. Se retrasa. Puede que haya cambiado de opinión. No, no, pero si ha sido él quien ha dicho de quedar. No me quiso dar su número. Mejor dame tú el tuyo y ya tendrás noticias mías. Leyendo estas páginas recuerdo porqué le di el mío. Hacía mucho tiempo que no había disfrutado tanto con un tío en la cama. Y en el suelo. Y también en la mesa.
Se me ha acabado el frapuccino y soy incapaz de estar en un sitio sin algo para tomar. Llevo ya treinta páginas y este capullo no aparece. Las doce y cuarenta. Tiempo de cortesía más que suficiente. Cierro el libro, me levanto y me dirijo a la puerta. Antes de empujar el cristal, algo muy dentro de mí me retiene allí. Me giro hacia la barra. ¿Otro frapuccino, señor? Ahora sí, distingo su voz. Y debajo de la sombra de la visera, sus ojos y sus labios. El deseo se apodera de mí al instante.

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