Cruzaré la isla, como todas las mañanas, a eso de las siete
y media. Bajaré Park Avenue, giraré por la Cincuenta y nueve y la Sexta Avenida
me llevará hacia el sur, hasta la Trinity Church, parada obligada para mi rezo
diario de tres padrenuestros y cuatro avemarías. Después me dirigiré a la
oficina, en la vigésimo séptima planta de uno de los rascacielos del distrito
financiero. Mi rutina habitual.
Al principio me costó hacerme con los números. De hecho, no
creo haber entendido aún en qué demonios consisten las hipotecas subprimes, aunque
no parece ser muy importante, al fin y al cabo, ostento el cargo de director
ejecutivo. Una vida plácida, en un lujoso apartamento de quinientos metros
cuadrados en el Upper East Side. Ruego cada día para que borren de mi memoria
todos mis anteriores e infectos destinos, como cuando me tocó tomar la
identidad de Tomás de Torquemada, en tierras hispánicas.
Esta mañana, desde mi despacho, divisaré Staten Island a lo
lejos, como de costumbre. Escucharé gritos histéricos por toda la oficina y
todas las líneas de teléfono sonarán al unísono. Entonces sabré que mi destino
llega a su fin. Espero que papá tenga a bien colocarme en otro chollo parecido.
Mucho le he servido ya desde mi debut, hace más de 2.000 años, allá por el Mar
Muerto.